Unos cuantos metros más y lo lograba, llegaba a la cima de mi viejo amigo, el
“Gigante de Arena”, mi tan querido gigante, mas ya estaba exhausto y no me
quedaban energías para seguir subiendo, mi cuerpo me lo impedía, me senté a descansar
y mire hacía bajo, me di cuenta de todo lo que había recorrido, voltee la
cabeza mirando hacia arriba y ya estaba casi en la cima, a solo unos cuantos
pasos, pero no tenia las fuerzas suficientes para darlos.
Ya era
un anciano, desteñido, añejo, sin gracia alguna, cursando 79 primaveras vividas;
El tiempo me había convertido en uno de esos que siempre habían sido mis
objetos de burla cuando pequeño: Los abuelos.
Sentado bajo la sombra de un matorral, veía a
los infantes pasar por mi lado, subían energéticamente por la colina, sin
rastros de cansancio en sus rostros, todo lo contrario, la vitalidad recorría por
su sangre, en cambio, yo me encontraba desplomado, con las huellas de la vejez
impregnadas, pero sentía la necesidad de alcanzar la anhelada cima, esa cima
que tantas veces había tocado con mis pies descalzos unos cuantos años atrás;
cerré los ojos y comencé a recordar esos tiempos, a recordar como subía una y
otra vez las dunas y no me cansaba nunca, y cuando llegaba a la cima, una
majestuosa vista me recibía, con el mar infinito y el sol radiante reflejado en
este; y esa inolvidable sensación de libertad, de gloria y éxito que penetraba
en mi ser… Abrí los ojos de un golpe al sentir una voz, un niño me miraba pero
luego se marcho.
Algo había sucedido, estaba recargado de
energías, me sentía joven de nuevo y comencé a subir nuevamente sin mucho
esfuerzo con la intención de no detenerme hasta alcanzar la punta y tocar el
cielo con mis dedos. Sin darme cuenta ya me encontraba con la vista puesta en
el horizonte, el infinito mar me llamaba a descubrir que había mas allá de lo
que mis ojos podían ver de él, el viento soplaba en mi cara ferozmente, como si
algo me quisiese arrebatar, de pronto una sensación me invadió, todo se nublo
repentinamente, sentí que caí y la arena me recibía suavemente, sabía que me
encontraba en la cima, en lo más alto de mi gigante amigo, sabía que había
llegado al final, al final de mi vida.
Ignacio Jadue
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