Durante
las frías mañanas de invierno en que la lluvia azota mi ventana, me acuerdo de
aquellos días de mi infancia donde mi única y leal amiga era la soledad, esa
soledad incurable que me recogía y me llenaba de pensamientos ilusos pero
placenteros.
Pasaron
los años, crecí y fui descubriendo mi realidad, mi entorno, mi tierra y me di
cuenta que la soledad es solo para los que se dan por vencido y para los que
han sido crueles, no para las personas que están llenas de sueños y quieren
luchar. Es así, como entendí que los días eran como las rosas, a pesar de ser
frágiles sabían muy bien como
defenderse y contraponerse a las amenazas, ya que al atardecer siempre el
cálido sol vencía las melancólicas nubes.
Katherine
Acuña González
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